Otros libros del autor en la biblioteca

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La modernidad: Democracia, opinión pública y tecnología
 

Paul Johnson ubica su relato en las años posteriores a la derrota definitiva de Napoleón en Waterloo, a manos de entre otros el duque de Wellington, en 1815. Después de la Revolución Francesa y el ascenso implacable del corso en Francia, su amenaza imperialista fue derrotada y dio como resultado el ascenso de Inglaterra como la potencia que dominaría el mundo durante el siglo XIX.

Con la realización del Congreso de Viena, en 1815, las potencias vencedoras intentaron sellar un tratado de paz multinacional, que marcaría el inicio de diversidad de cumbres posteriores como el Tratado de Versalles o el nacimiento de la Organización de las Naciones Unidas en el siglo XX.

Son diferentes y de todo tipo las razones por las cuales Johnson ubica el nacimiento del mundo moderno en este periodo en particular, de 1800 a 1830. Dentro de esas razones se encuentra la irrupción del sistema democrático, en Estados Unidos y Europa, como la salvaguarda de los países en la construcción de naciones-estado liberales, respetuosas de los derechos y defensoras de la paz. También en lo político merece especial atención la irrupción de la opinión pública como definitiva en la celebración de elecciones. Para los que trabajamos en este noble oficio de la política es fascinante revisar la elección de Andrew Jackson en 1828, como séptimo presidente de los Estados Unidos. El aumento vertiginoso de los tirajes de distintos periódicos, así como el logro de orientar la opinión hacía un descontento generalizado con el gobierno en la figura de Jackson, fueron fundamentales para su elección.

En lo tecnológico se destacan la construcción de vías y el inicio de los ferrocarriles a vapor. Porque también Johnson se ocupa de los descubrimientos de la época que a diferencia de las respuestas de los concursos millonarios, no responden a la invención y la genialidad milagrosa de una sola persona, sino que hacen parte de años de trabajo en el cual intervienen un sinnúmero de personajes. Aunque son muchos los que merece la pena mencionar en este aparte como, entre otros, James Watt (máquina a vapor), Ampère (electricidad), Faraday (electromagnetismo) o Lussac (química), quiero destacar a Charles Babbage (1791-1871). Según Johnson, en el siglo XIX se pudo haber inventado la computadora si Babbage se concentra en la construcción de la máquina analítica que propuso. Lamentablemente Babbage, a diferencia de otros, era un desordenado en sus finanzas y los gobiernos se cansaron de apoyarlo en más de una idea fracasada.

Para América Latina es un período decisivo donde confluyen en un mismo punto de la historia, de un lado, las revoluciones independistas, muchas veces presas del anarquismo y la violencia, y de otro, la decisión sobre los sistemas de gobiernos que definirán el futuro de estas naciones. Particularmente a Johnson no le merece mucha atención estos procesos políticos y personajes como Simón Bolívar salen mal librados.
Paradójicamente, mientras el mundo se orientaba por la democracia y la revolución tecnológica, según Johnson el siglo XIX fue “la gran época del racismo”. La movilidad demográfica, el colonialismo y la eliminación de la esclavitud conllevaron a una lucha por la equidad de derechos que se enfrentó con la tradicional creencia de la superioridad de razas, como sucedió en Europa y en el Lejano Oriente. Problema que aún supervive en el mundo.

Johnson también nos hace un repaso de las artes de la época. Poetas como Byron y Shelley, escritoras como Jane Austen, pintores como Joseph Turner, compositores como Chopin, endulzan un relato que entre tanto rigor histórico puede avasallar por la serie de cifras y episodios contenidos. También en el libro encontramos referencias sobre cómo era la vida diaria de la época e invenciones como el hielo, que se reservaba en excavaciones para la temporada de verano, era propiedad exclusiva de las élites.

Muy recomendable este título al que es necesario dedicarle buen tiempo. Yo tardé en leerlo. La historia siempre será una buena oportunidad para mirarnos al espejo y comprender nuestro presente. Lamentablemente para los historiadores y sus escritos siempre existirá controversia. Como lo dice Umberto Eco, en otro libro que también hace parte del catálogo de la biblioteca del Congreso, Confesiones de un joven novelista, siempre será más fácil controvertir los relatos históricos, porque con los de ficción no hay ninguna oportunidad de hacerlo. ¿O quién le puede controvertir a Saint-Exupéry que el vestuario del Principito era diferente? Mientras que a Johnson sí lo podemos desmentir sobre el vestuario de Jorge IV.

By pelungo

pelungo@gmail.com